En las montañas libanesas

Valle del Qadisha, 10 al 12 de octubre de 2018

Con el firme propósito de conocer la parte más rural de Líbano y alejarnos un poco de la congestionada vida de las ciudades libanesas, nos dispusimos a visitar la región Del Valle de Qadisha, famosa por sus exuberantes cedros, su tradición maronita y, ante todo, su aislamiento de la gran constante que hasta ahora afloraba en este lugar, el conflicto.

Sólo nos tomó un par de horas manejando en dirección norte por la costanera que conecta con Biblos, para comenzar a sentir el aire fresco característico de las montañas. Mientras ascendíamos por el gran valle, pequeñas poblaciones comenzaron a emerger en medio de un paisaje rocoso pero al mismo tiempo adornado por algunos parches boscosos de cedros, antiguos habitantes de este lugar y que alguna vez, en época de los egipcios, fenicios e inclusive más recientemente ingleses cubrieron gran parte del territorio nacional.

El camino recién pavimentado nos supo conducir, no sin algunas dificultades para ubicar el lugar, al hotel Le Notre Hotel & Sky Resort. Situado a unos pocos minutos de la ciudad de Bsharre, la más grande de la región, tiene el característico ambiente de casa de montaña: paredes de madera, ventanas bien selladas y chimeneas por doquier. No hacía frío aún y, a pesar de que el lugar se encontraba bastante vacío, no escondía la magia que lo cubría durante la temporada de invierno donde miles de locales y turistas frecuentan esta pequeña población para disfrutar de las más importantes pistas de esquí del país, una herencia de los colonos franceses que los libaneses han sabido adoptar con el mayor rigor.

Esa noche la cena fue en el hotel, donde una vez más pudimos deleitarnos no sólo con la exquisita comida libanesa sino también con la calidez de la gente. A pesar de hablar poco o nulo inglés, algo que luego veríamos como constante en esta región, su esfuerzo para hacernos sentir bienvenidos superaron cualquier expectativa. Fuimos recibidos por su manager con cálidas copas de vino y una chimenea ardiente que calentaba toda nuestra habitación.

A la mañana siguiente nos dirigimos a uno de los atractivos de la región, el Bosque de Cedros. Situado a unos cuantos minutos del hotel, este hermoso bosque posee los Cedros más antiguos del país, algunos con más de 2.000 años de vida. Mientras caminábamos por el corto sendero que lo rodea aprendimos que la mayor parte del Líbano estuvo alguna vez cubierta por éstos maravillosos árboles, que a pesar de poder resistir el paso del tiempo, no han sido inmunes a las numerosas civilizaciones que los han usado como materia prima de sus dinámicas economías. Comenzando por los fenicios quienes los usaron para construir sus grandes embarcaciones, pasando por los egipcios que usaron sus fibras para el papiro y culminando con los ingleses quienes en la época de la Segunda Guerra Mundial los emplearon en la construcción de vías férreas, Los Cedros han sido parte fundamental del desarrollo de esta región. De ellos hoy no queda mucho, salvo algunos parches que tras esfuerzos de conservación sobresalen de forma efímera en medio de un paisaje ya dominado hace cientos de años por cultivos, construcciones y antes todo, seres humanos. El Bosque de Cedros de Bsharre luce grandioso dentro de sí mismo pero lánguido, triste y fantasmagórico en medio de la gran montaña rocosa y árida que cubre el resto del valle. De los zorros, hienas, antílopes y muchas otras especies de animales que antes merodeaban por doquier ya sólo quedan leyendas de avistamientos que viven más en la imaginación de los locales que en la realidad de los hechos.

Seguimos nuestro camino en busca de la oficina de información turística que el día anterior habíamos visto al pasar por la ciudad de Bsharre. Una vez más la amabilidad y calidez de los libaneses se manifestó en Johnny Nehme, el director del centro de información quien con gran detalle y hasta cediéndonos uno de sus mapas personales, nos enseñó las diferentes opciones de caminatas del lugar. En ese momento nos enteramos no sólo de los múltiples senderos sino también del camino sagrado que por 16 kilómetros recorre los templos maronitas más representativos sirviendo de cordón umbilical de una peregrinación que por siglos ha acompañado las costumbres de sus habitantes.

Decidimos entonces dedicar este primer día en en el valle a recorrer una porción de este camino comenzando en Hawka y terminándolo en Bsharre.

El recorrido comenzó a sorprendernos cuando tuvimos que descender por un escarpado camino que 600 metros más abajo nos condujo al Santuario de la Señora de Hawka, una preciosa Ermita de más de 200 años de antigüedad y que hoy es custodiada por Darío Escobar, un colombiano que lleva cerca de 18 años dedicado a la contemplación y meditación. Para nuestra fortuna, pudimos encontrarle fuera de su estudio e intercambiar algunas palabras con él. El Padre es oriundo de Medellín / Colombia y tras haber estado unos 10 años en Miami / US, su comunidad, la Maronita, lo envió ya hace 28 años al Líbano. Anduvo 10 años predicando por todo el valle y hace 18 de radicó en la Ermita de Hawka donde ejerce bajo el más pleno rigor, la ocupación de Ermitaño. Sin ningún aparato tecnológico, ni noticias del exterior más que las que le puedan llevar los frecuentes peregrinos, el Padre Escobar come una vez por día los alimentos que él mismo cultiva y dedica su tiempo a la meditación.

Continuamos nuestro camino hacia el Santuario de Santa Marina y el Monasterio de Qannoubine que, situados a unos tres kilómetros más abajo, ya sobre el piso Del Valle, brillan por su gran majestuosidad, en especial el último de ellos, el de Qannoubine, que construido en el siglo 15 está decorado con hermosos frescos del siglo 18 y 19 y contiene las tumbas de 18 patriarcas maronitas.

Unos kilómetros más adelante, llegamos al único restaurante de esta sección. A pesar de que tuvimos que acogernos a la sugerencia del mesero debido a nuestros problemas de comunicación en árabe, la comida estaba espectacular. Teníamos mucho humus, garbanzo, brochetas de pollo y vegetales frescos por montones. Luego de pagar unos 30 dólares por ambos platos, algo caro para los ya altos precios libaneses. Terminamos el día pidiendo un aventón hasta Bsharre debido a la fuerte lluvia a que azotó toda la zona durante las últimas horas de la tarde. Una vez más la amabilidad libanesa afloró cuando un soldado usó su teléfono para llamar un Taxi y, ante la imposibilidad de conseguirlo, pidió a una mujer que pasaba con su auto por la estación, que nos dejara en en el centro de la plaza.

Al día siguiente decidimos hacer uno de los tramos más difíciles del Lebanon Mountain Trail. Se trata de la sección 9 que conecta por un trayecto de 20 km a la población de Hasroun con la de Tannourine. El trayecto hubiese sido perfecto de no ser por la fuerte lluvia que nos azotó durante un par de horas. Ascendimos por la montaña maravillados por los impresionantes cultivos de deliciosas y jugosas manzanas que bien supimos aprovisionarnos y, más adelante por el bosque de cipreses de las reserva de Tannourine, situada ya en la parte baja al otro lado del paso de montaña ya muy cerca de la ciudad del mismo nombre.

Ya eran alrededor de las 3 de la tarde cuando sorprendidos por la soledad del pueblo y tiritando de frío en medio de una lluvia intensa, logramos convencer a un local para que nos llevara de regreso a Hasroun. Un corto aventón de media hora que nos costó 30 dólares.

El valle del Qadisha fue una excelente oportunidad para conocer esta sección del Líbano y para hacer lo que tanto nos gusta: estar en contacto con la naturaleza.

Despedimos el hermoso valle de Qadisha con la sensación de haber sólo disfrutado una mínima parte y el deseo ya frustrado de haber querido dedicar más tiempo a esta región. Es incierto saber si volveremos a este país y mucho menos si lo haremos a esta región, pero lo que si sabemos es que siempre lo recordaremos.

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