En las tierras del dragón 

Parque Nacional de Komodo, abril 1 al 7 de 2017

Fue hace algunos años en un lejano refugio de montaña que escuché hablar de este lugar. Era de noche y, por casualidad, compartíamos la mesa con una pareja de españoles. Ellos, banqueros de profesión, invertían seriamente su tiempo libre en hacer épicas travesías.

Afuera, ad portas del gran paso Thorong La en el Circuito del Annapurna en Nepal, la temperatura descendía a los 15 grados bajo cero, mientras nosotros a la luz de una vela y el calor del refugio escuchábamos sus aventuras en esta tierra mítica de miles de islas, decenas de volcanes y una naturaleza tan atractiva como adversa. Recuerdo como si fuera ayer el momento en que tomé a Alex de la mano y le dije, allí tenemos que ir. Esa noche fue en definitiva el inicio de esta gran travesía que, cinco años después, hemos sabido plasmar en un recorrido de 10 meses en los que Indonesia ocupa una parte fundamental.

Meses más tarde, con un poco más de calma me enteraría que este maravilloso lugar es nada más y nada menos que el cuarto país más poblado del mundo con unos 250 millones de habitantes, que tiene más de 17 mil islas de las cuales hay cerca de 6 mil inhabitadas, que cuenta con la red de volcanes más extensa que cualquier país pueda tener, que es la cuna de los últimos hombres que compartieron el planeta con nosotros, los Homo Florescencis de la Isla de Flores y del famoso Hombre de Java o Pithecanthropus que emigró desde África hace unos 1.9 millones de años  para merodear por estar tierras y del cual supe su existencia gracias al Álbum de Historia Natural de Jet. Como si fuera poco, se preciaba de tener los mejores lugares del mundo para bucear y era la casa del famoso dragón de Komodo que tantas veces había podido apreciar en documentales de National Geographic.

Un par de horas de vuelo desde Kuala Lumpur nos llevaron a nuestro primer destino de este país, Labuan Bajo, la capital de la Isla de Flores en la Provincia de Nusa Tengara. Desde aquí, podríamos ir a conocer los dragones de Komodo.

Labuan Bajo no es nada especial. Una calle a lo largo del muelle atiborrada de centros de buceo y agencias de turismo que promocionan viajes en bote a las diferente islas. Para resaltar, está el mercado local y la forma en como sirven el buen pescado que, preparado en frente de tus narices, asan al carbón en unas pequeñas parrillas que lo doran a la perfección y lo acompañan de un jugo de aguacate con chocolate y leche condensada.

No tardamos mucho para decidir lo que queríamos hacer, tomaríamos un barco por dos días que nos llevaría a las islas de Komodo y Rinca, haciendo diferentes paradas para hacer snorkeling y dedicaríamos dos días enteros solo a hacer buceo en donde se dice, es uno de los mejores lugares del mundo para observar la vida marina. Las fuertes corrientes cálidas y frías atraen grandes peces en busca de plancton y al mismo tiempo imponen una dificultad adicional a los buzos. La recomendación de todas las agencias es tener una certificación avanzada para buceos profundos y con fuertes corrientes, así que dentro de mis inmersiones había incluido de una vez la certificación requerida.

¿Y este nuevo capitán?
¿Y este nuevo capitán?

Parque Nacional Komodo

Hace más de 50 años un gran aventurero se adentró en estas tierras en búsqueda del famoso dragón llevado a Europa por un científico holandés quien aún en épocas de la colonia, logró cazarlo a principios del siglo XX. Cuenta la historia que este personaje navegaba en un gran velero y que por semanas preguntó a los locales por el paradero del dragón. Ya sin esperanzas, acampó con su equipo en una escarpada isla y, mientras armaban el campamento, un extraño ruido, como el de una gran serpiente llamó su atención, era el dragón, el gran dragón de la Isla de Komodo. Muchos, pero muchos después, este personaje, llamado David Attenborough, que goza de toda mi admiración y a quien cariñosamente apodo “El Viejo”, acompañó mis tardes de domingo con sus majestuosos documentales naturales que desde niño me hicieron soñar con visitar parajes remotos donde la vida se muestra de la forma más exuberante, parajes como La Gran Isla de Komodo.

Y ahí estaba, majestuoso, tranquilo. Mientras escuchaba el accionar de las tres o cuatro cámaras fotográficas a mi alrededor, pasaron por mi mente mis tardes domingo en compañía del “Viejo”, las imágenes del refugio de montaña que dio inicio a este viaje, las noches en compañía de Alex planeando esta aventura y muchos momentos en los que he podido apreciar la vida animal en su estado natural. El gran dragón apenas calentaba su sangre fría tras la larga lluvia de la mañana. Era un macho tan ejemplar que intimidaba al solo mirarlo. Su saliva, aquella que es capaz de matar un búfalo por la infección causada en la herida, colgaba de su boca como queriendo advertirnos de su potencial peligro mortal. El dragón lucía despreocupado ante nuestra presencia. No nos teme, no nos ataca, no conoce nuestra maldad.

Así por alrededor de una hora continuó nuestro camino en compañía del guía por la isla de Rinca. Muchos dragones grandes , pequeños, hembras y machos hicieron su aparición.

La aparente calma de los dragones se convirtió en un espectáculo que se ve pocas veces y tuvimos la oportunidad de presenciar:

Continuamos visitando la isla de Komodo, donde además de ver otros tantos dragones, pudimos apreciar uno de sus nidos, en donde por nueve meses las hembras incuban unos 30 huevos de los cuales aproximadamente tres llegan a ser adultos quedando los otros a merced de los pájaros y monos e inclusive de la misma madre que una vez eclosionan de sus cascarones, intenta comerlos. Así, de esta forma tan contradictoria, con una estirpe cuya madre ha intentado asesinar, han vivido y evolucionado estos dragones por millones de años en perfecta armonía con este delicado y aislado hábitat. Esa es su ley, esta es su tierra y así debemos aceptarla.

Esa noche dormimos en una tranquila bahía llamada Flying Foxes. Nuestros colchones arrumados de forma consecutiva en la parte superior del barco fueron una cama perfecta para dormir toda la noche.

Las colchonetas para dormir, uno al lado del otro
Las colchonetas para dormir, uno al lado del otro

Muy temprano, el sonido del motor retumbó sobre nuestras cabezas antes del amanecer. Ya estaba listo el desayuno y el itinerario del día nos traería grandes sorpresas. A las 9 de la mañana arribamos a la isla Palau donde en un corto trekking pudimos disfrutar de una de las vistas más impresionantes que hemos tenido.

Nuestro camino continuó hacia Manta Point donde apreciamos las grandes mantas de hasta 4 metros de ancho que se “posan”, muchas veces a tan solo unos centímetros de la superficie, para que los pequeños peces del arrecife les hagan una limpieza que puede durar hasta ocho horas. Nadamos con ellas por más de una hora hasta que literalmente no pudimos más del cansancio. El día terminó tomando el sol y haciendo snorkeling en la isla Kanawa situada a tan sólo una hora en bote de Labuan Bajo.

Kanawa
Kanawa

Ya una vez explorado algo de las islas, quisimos dedicar los siguientes dos días al buceo. En Manta Rhei, uno de los tantos centros de buceo de Labuan Bajo que están bien calificados en Trip Advisor, habíamos contratado la certificación avanzada para mí y dos días de snorkeling para Alex.  El buceo en Komodo tiene la fama de ser uno de los más bonitos del mundo. Con arrecifes profundos y fuertes corrientes, se hace necesario tener la certificación avanzada para poder disfrutar plenamente del lugar.

Días antes, Ben, el belga dueño del centro de buceo, me había entregado un gran manual y un largo cuestionario que bien supo hacerme quedar hasta bien entrada la noche el día previo a la excursión.
Desde el inicio del programa, todo pintaba muy bien. Michelle, la hermosa hija de Ben, coordinaba todo a la perfección en su barco, con un orden y pulcritud a la altura de los mejores resorts occidentales. Tino, mi instructor, un joven francés de padres vietnamitas, supo llevarme por todos los conocimientos y prácticas necesarias para obtener mi certificación avanzada. Hicimos buceos profundos, buceos con corrientes, navegación subacuática, identificación de peces y aprendí a manejar el famoso “drift diving” en el cual el buzo, conocedor de la corriente, se deja llevar por el arrecife sin hacer esfuerzo alguno. Una experiencia tan espectacular como placentera.

Solo nos llevamos experiencias positivas de este pequeño pueblo al lado de tan magnánimas maravillas naturales. Sus dragones, su ecosistema perfecto y frágil, sus arrecifes coralinos, sus paisajes abruptos sin igual, su pescado callejero, su gente amable siempre dispuesta a regalarte la mejor de las sonrisas.

Así nos recibió este gran país. Con muchas más cosas de las que esperábamos pero con algunas inesperadas también. La basura, tanto en los arrecifes como en la superficie de grandes porciones de agua, hace evidente que ya queda poco o tal vez nada que el hombre, con su mano mortal, haya dejado de tocar.

Atardecer en Playa Rosada
Atardecer en Playa Rosada

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